En la política tamaulipeca siempre aparecen personajes capaces de sorprender. Andrés González Galván lo logró otra vez: el panista sin afiliación que terminó convertido en el más ferviente defensor de Ismael García Cabeza de Vaca.
No es poca cosa. En un partido donde muchos militantes guardan prudente silencio, apareció el abogado de Ciudad Madero para recordar que la gratitud política también se ejerce… aunque sea sin credencial azul.
Andrés no es un improvisado. Entre 2017 y 2021 ocupó la magistratura en el Tribunal de Justicia Administrativa, una posición nada menor dentro del engranaje institucional del sexenio de Francisco García Cabeza de Vaca.
Dicen que los favores políticos nunca se olvidan. Y si algo quedó claro en la conferencia de prensa de los panistas inconformes, es que Andrés tiene buena memoria.
Su presencia, explicó con tono académico, obedecía únicamente a exponer el aspecto técnico del reclamo de los comités municipales que exigen destrabar la convocatoria para renovar la dirigencia estatal del PAN.
Hasta ahí todo parecía normal: un abogado explicando procedimientos estatutarios, plazos y oficios del Comité Ejecutivo Nacional. Nada fuera de libreto para un jurista acostumbrado a litigar entre reglamentos.
Pero la escena cambió en cuanto apareció el tema incómodo: la notificación del CEN enviada el 24 de febrero al Comité Directivo Estatal para iniciar el proceso de renovación.
Ahí el discurso tomó otro tono. Porque después de reconocer que sí existía notificación y que el CEN tenía razón, Andrés hizo lo inesperado: absolvió políticamente a Ismael García Cabeza de Vaca.
La explicación fue digna de antología legislativa. Según el jurista, el diputado simplemente no se dio cuenta del trámite porque es el legislador que más iniciativas presenta.
Una defensa tan creativa como generosa. En otras palabras, Ismael no ignoró el oficio… estaba demasiado ocupado siendo el diputado más productivo del Congreso de Tamaulipas.
La teoría resulta fascinante. Si la productividad parlamentaria provoca distracciones administrativas, quizá el Congreso debería estudiar el fenómeno como un nuevo síndrome legislativo.
Pero más allá de la anécdota, la escena dejó una postal política interesante: el primer panista no afiliado que sale públicamente a defender al hermano del exgobernador.
Y eso, en tiempos donde varios exfuncionarios del sexenio guardan distancia prudente, tiene su mérito. Mientras algunos calculan, Andrés decidió actuar.
Ni César Verástegui, ni Gerardo Peña, ni Vicente Verástegui levantaron la voz con tanta claridad. Tuvo que aparecer el hijo pródigo de Ciudad Madero para rescatar la honra política.
La escena parece escrita con ironía histórica: un expriista convertido en panista de convicción moral —aunque no de registro formal— recordándole al PAN el valor de la gratitud.
Porque si algo quedó claro en esa conferencia es que Andrés González Galván no fue a explicar derecho. Fue, con elegancia jurídica, a pagar una deuda política.
Y vaya que lo hizo bien. Porque entre argumentos legales y elogios parlamentarios, terminó enviando un mensaje claro a los panistas rebeldes: en política también existe la memoria… y la gratitud.


